
RESTOS
Razz 3. Barcelona
10.01.25
Ineludible cita con el directo de la banda texana Restos, defendiendo un disco, Ain’t Dead Yet, que me parece una delicia exquisita, cargado de bellas melodías, delicado y emotivo, casi bucólico, encantador.
Todo lo contrario a nuestros políticos, encargados entre un montón de cosas desagradables, de comernos el tarro con el uso del transporte público, zona de bajas emisiones, reducción de aparcamiento, etc., pero que no hacen una defecación sincera jamás. Cómo se puede tardar cerca de dos horas desde Cornellà a Razzmatazz, con una combinación de Trambaix y dos líneas de metro. Sencillo, TMB es una sólida y gigantesca deposición, gestionada por tres empresas municipales de transporte público, que como viene siendo habitual, es una puerta giratoria para colocar a inútiles afines al partido de turno, y se la trae al pairo convertir el extrarradio en el extranjero.
Por esa usual razón, llegué a la sala pequeña del Razzmatazz, con la lengua fuera y sin apenas poder saludar a los Acaraperro-Rocksound, pues comenzaba la batería del primer tema, que iluso de mí, pensé que era una banda telonera de hard rock.

Pero qué va, nada más asomar la cabeza detrás de la primera columna, localicé a un tipo tejano de los pies a la cabeza, pantalones, cazadora y sombrero tejanos, barba de seis años en una prisión de México y trenzas robadas una noche de borrachera al buenazo de Willie Nelson. Se trataba de Graham Weber, guitarra y voz de Restos, a su izquierda se retorcía Mark Nathan y su guitarra solista, más reposado y estático Chris Spencer con el bajo, Brian Bowe parecía cabreado aporreando la batería, y el más feliz de todos, durante toda la noche, era Sam Powell, el teclista tatuado, que cada dos por tres sacaba su petaca para dar un sorbo de felicidad o pedía más vino negro. Pero algo me taladró la cabeza, incluso antes de pedir la primera cerveza, que me hiciera olvidar a los malnacidos de TMB, era el sonido. ¿Qué cojones había pasado aquí? ¿Dónde estaban las preciosas melodías del disco? ¿Cuándo perdieron esa personalidad casi bucólica que me embrujó? ¿Por qué habían cambiado?

Qué más dará, cuando la cosa cambia y es para mejor, las razones importan un carajo o dos. Menudo vuelco de sonido, aquello era un huracán de rock and roll en vena, pero con la hipodérmica clavada en la arteria carótida, esa que una vez inyectada la sustancia adecuada, eleva el nivel de endorfinas, opioides que actúan como neurotransmisores que producen la sensación de alegría, felicidad e incluso euforia.
Así estaba desde la segunda canción, me felicitaba encima, eufórico perdido, cambiando sensaciones con Manel Celeiro, que me advertía que en la prueba de sonido ya se había asombrado. ¡Joder! No era para menos, el quinteto de Austin era una apisonadora de rock, incluso rozando el hard rock en ocasiones, sencillamente unos asesinos de tímpanos, con un sonido de sala exquisito, pero todo hay que decirlo, Razz 3 necesita un técnico de luces, eso de dejar las bombillas encendidas y punto, tiene dos cosas negativas, la primera es que las lámparas tienen menos vida, la segunda, no se trata al público como se merece, que debe de ser de igual forma que en la sala 1 y 2, respetándolo, por eso se llama respetable.

No sé muy bien si el cambio se debe a la falta de Jamiie Harris, cantautora de country pop con una carrera envidiable, y sexto miembro de la banda. Ella aporta esa dulzura que amansa a la bestia, y posiblemente consigue que Ain’t Dead Yet suene tan moderado, o quizás no, simplemente Restos es una banda que entiende el estudio y el directo de diferente manera.
Las dos facetas son muy atractivas, pero cuando escuchas la transformación de temas como «Wild Heart» que suena a southern rock más que a country, «Wild as The Wind» que recuerda a Tom Petty & The Heartbreakers en disco y que encima del bajo entarimado entra como unos acelerados Craker, «I Came Here To Rock And Roll» que pasa directamente por el filtro del hard rock, no puedes cerrar la boca y soltar baba.
No hubo ni un momento de pausa, porque ni la comercial «Faded Love», bajo el nivel, y nos regaló con la dureza mostrada, una sesión de psicodelia country de alto mérito, con un teclado fascinante e hipnótico, al igual que los cerca de ocho minutacos de «Time», ¡qué gozada lisérgica!
Cierto es que ninguno de los músicos destaca por su virtuosismo, pero en conjunto es una banda manifiestamente contundente, que busca su personalidad en la afinidad del grupo, y no se puede destacar a nadie por encima de los demás. Es otro de los puntos que me enamoraron esa noche de viernes, el módulo hermético que significa Restos y les dota de una personalidad fuerte y sincera.
Estamos a primeros de año, pero Restos han colocado el listón muy alto, muchísimo. La sala registró una media entrada, que no correspondía con la calidad de lo visto, salí con una sensación parecida al concierto de MojoThunder —crónica aquí— del año pasado, haber sido un privilegiado por ver un concierto extraordinario.
La noche terminó con la cortada de rollo de TMB, camino de vuelta algo más corto, pues el N14 es ese bus que con patente de corso, se salta semáforos, sube a bordillos y se deja cien duros de ruedas en cada frenada. Si Restos pasan por tu ciudad en alguno de los conciertos de su gira por nuestro país no te los pierdas, la banda es extraordinaria, y en tu ciudad no tienes a los inútiles de TMB.
Texto: JLBad
Fotos: Marta G. Adelantado. JL Bad


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