
El pasado domingo 16 de marzo, mientras disfrutaba del gran concierto de Johnny Big Stone & The Blues Workers en Jamboree, al otro lado del antiguo Barrio Chino, hoy Ciutat Vella, se producía un hecho lamentable, la suspensión de un concierto en El Molino, gracias a la inexistente cultura de un energúmeno, alemán, de ese colectivo que tanto se cuida en nuestra ciudad, el depredador turístico, alimaña que se ha implantado de forma masiva y devora nuestra fauna autóctona, esquilmando la tierra y sobre todo la cultura y los locales donde esa misma cultura se celebra y reivindica.
Los hechos ocurrieron durante el concierto de la jovencísima saxofonista de Tennessee, Zoh Amba, que como muy bien indicaba la promoción de El Molino, «rompe los límites del saxo y el free jazz». Tan solo con esa descripción, era evidente que no sería uno de mis conciertos elegidos, pero también es cierto que hay público interesado y tiene derecho a disfrutarlo.
He podido asistir a dos conciertos en El Molino, Cantes Malditos y Sax Jamaica Explosion, dos actuaciones maravillosas en un marco de club incomparable, todo un lujo para los placeres sensitivos, marcados por un respeto absoluto a lo que se estaba interpretando. Sin embargo, el domingo 16 de marzo, ese ambiente de respeto se rompió y un ciudadano alemán increpó a la artista exigiéndole temas más melódicos, porque a él y a su bolsa escrotal, centro de su universo y por extensión el de todos los asistentes, le apetecía y buen sabedor de la Barcelona que pisa, todo lo que un turista desea, se cumple.
Según las propias palabras de Zoh Amba en su Instagram, a los 20 minutos de su actuación «Un hombre se puso a abuchearme de forma agresiva y me dijo que dejara de hacer lo que estaba haciendo. A pesar de tratar de explicarle de dónde venía y el origen de mi música, me dijo ‘No toques música para drogadictos’». La saxofonista sufrió un colapso nervioso y aunque intentó retomar el concierto, último de su gira europea, no pudo hacerlo y suspendió la actuación. Desconozco si el eunuco mental, pertenece a esa raza de depredadores de chancla, paella de pote, y cubatas de garrafón, o, por el contrario, a la más agresiva de tarjeta Visa, billetes gordos y solvencia monetaria que le otorga la distinguida patente de corso, que la administración tramita con tanto placer, para hacer lo que le plazca dónde y cómo le plazca, pero el caso es que el desgraciado incidente… perdón, el desgraciado que provocó el incidente, se cargó una velada que para el resto del público podía ser interesante, e incluso muy atractiva.
No es un hecho aislado, es algo que desgraciadamente comienza a ser común, quizás no de una forma tan exagerada, más notable por ser en un club, pero la Barcelona que nos han vendido… perdón de nuevo, la Barcelona que han vendido a fondos buitre, grandes tenedores de pisos turísticos y empresas de cruceros y vuelos, que nos expulsan de nuestros barrios, que arrasan con el tejido cultural de la ciudad en pro de la borrachera barata, de locales in o cool, donde la personalidad se mide por la capacidad de escupir de su tarjeta bancaria. Ejemplos hay mil, pero tan solo diré, Honky Tonk, expulsado por un fondo que compró todo el edificio y como era complicado echarles, montó un ascensor que ocupaba el escenario y consiguió que se bajara la persiana; la coctelería Milano, cerrada porque una cadena de pizzas rápidas quería abastecer a los guiris del centro de la urbe más cool de Europa; sala Bóveda, impedida a realizar conciertos porque un acaudalado inversor compra el bloque colindante y, siendo vox populi que lo dedica a alquileres turísticos sin licencia, la administración nos roba otro espacio dedicado a la cultura musical.
Quién no ha soportado a un guiri borracho en algún concierto, porque os puedo asegurar que yo los he sufrido y sé que los sufriré, como en el concierto de White Buffalo, que estuve a punto de repartir guantazos a mano abierta, y me hubiera quedado muy satisfecho… porque no sé vosotros, pero yo estoy del turismo, hasta el mismo punto cardinal donde el indigente intelectual de El Molino, tiene el universo, es decir hasta el epidídimo.
Pero quien siembra vientos recoge tempestades, y Barcelona… perdón, los políticos de mierda de Barcelona, han sembrado vientos desde que nos concedieron las Olimpiadas del 92, y ahora tenemos tempestades por doquier.
Esta es la Barcelona actual, la que nos han dejado y la que cada día tiene menos humanidad, menos respeto y menos vida, la que está invadida de turistas, de capitalismo caníbal y de carroñeros con corbata, traje y despacho por encima de la Diagonal.
¿Es la que queremos? No, por supuesto, pero es la que han dejado echa una mierda, y la tenemos que aguantar y amamantar hasta que se muera de su éxito y de nuestra derrota.
JLBad


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