

ERIC SARDINAS
Razzmatazz 2, Barcelona
10.02.26
El de Florida es un guitarrista explosivo, incendiario, que aparca la sutileza para arremangarse y soltar toda la rabia que pueda encima de un escenario, sin importarle que durante el camino se pierda limpieza y aparezca el desorden.
Dos guitarras con resonador o dobros, dos afinaciones diferentes —abiertas en G y D—, que intercambia según lo que se le pase en esos momentos por la cabeza, pues no utiliza setlist predeterminado, pero está al servicio de un mismo objetivo: estremecer lo más posible al público, hacerle partícipe de su vorágine, de su demencia a la hora de maltratar el metal, y de esta forma conseguir que sea inmune al desaliento, monotonía o aburrimiento.
Con este guion establecido desde finales del siglo pasado, comenzó su liturgia en la sala mediana del complejo Razzmatazz, que obtenía algo más de media entrada de público dispuesto a pasárselo bien, sin sorpresas, pues quien más y quien menos sabía a lo que venía.

Sardinas se hizo acompañar por Jason Langley, un bajista impávido, que no demuestra la más mínima emoción, pero posee un groove poderoso que ejerce de colchón para las paranoias de Eric Sardinas. Langley fue durante más de tres años el bajista de confianza de Shemekia Copeland, ha tocado con maestros como BB King, para terminar uniéndose a Sardinas a principios del año pasado. El batería era Mario Dawson, otro ilustre del blues que pudimos ver en 2019 en la Nova Jazz Cava de Terrassa acompañando a Bernard Allison, con quien ha trabajado desde 2008 a 2020.

Todo comenzó por el principio, «Treat Me Right», tema que da nombre a su primer disco de 1999, pero que se abalanzó sobre nosotros como un vendaval imposible de parar; pura energía desde el minuto cero, el resonador era castigado con las púas sujetas a sus dedos, golpeado, manipulado casi con desprecio. «How Many More Years» bajó la temperatura a un blues más acompasado, pero que sin embargo seguía sonando sucio, más cuando el guitarrista se volvía al Marshall para buscar la retroalimentación y retornaba saturado a más no poder.


Un par de temas más y se escapa para dejar el protagonismo a sus músicos, que daba la sensación de que improvisaban bajo las órdenes de Langley, mientras Dawson miraba entre bastidores para buscar una explicación… Duró poco el interludio funk, demasiado funk, pues por detrás del amplificador emergió de nuevo Sardinas, buscando la rueda sobre la que acoplarse de nuevo al show. Se inició «Down To Whiskey», un tema fantástico a medio tiempo y riffs profundos y un shuffle penetrante, uno de mis temas favoritos de su discografía, pero quizás el problema residía en el esquema; ya se había repetido en alguna canción.
Más protagonismo para bajo y batería que enfriaba un tanto la necesidad de respirar más dirty blues, pero se retomó la energía con un par de momentos, si no memorables, sí especiales: «Planks Of Pine» con ese slide que tan bien sabe manejar Sardinas y que creo que tuvo mucho descanso durante la noche, pero que cuando se enfundaba en el dedo y recorría el mástil, se encendían los ojos de los asistentes. El otro momento grande del repert fue el cover de Muddy Waters, «I Wonder Who», a medio camino de Hendrix y Gallagher, punto en el que parecemos estar todos los presentes de acuerdo, por el griterío y la respuesta acalorada al final.


A partir de ahí, más de lo mismo: fuerza y patrones similares. Eric Sardinas es un excelente guitarrista, con un estilo propio que lo define como especial: su manera de atacar el dobro, de raspar el slide o levantar las cuerdas es única, tiene siete discos de muchísima calidad y un universo, el del blues, que no se lo acaba en mil vidas; sin embargo, de las veces que lo he disfrutado, es la que más repetitiva se me ha hecho, aunque eso en su caso ya es mucho.
A lo peor soy yo, que me estoy volviendo viejo; con lo que yo he sido.
Texto: JL Bad
Fotos: McOkie


Deja un comentario