UNCLE SALT
Rock and Blues
. Zaragoza
8.02.25

Viaje relámpago a la capital maña, para asistir a una de las pocas actuaciones que la banda ibicenca Uncle Salt realizan en la Península, los motivos los explicaba perfectamente Soulman Sal, guitarra y voz de la banda en el programa Bad Music Radio #496.

Tras llenar los buches con algunas cervezas y pasar un frío del carajo, nos decidimos por seguir nuestro alimento espiritual en el interior de Rock and Blues, una de las salas que más nos gustan; ojalá tuviéramos una parecida en Barcelona, donde la música de antes y después del bolo compaginan y da gusto quedarse.
La primera sorpresa es que faltando casi una hora para que comenzara el concierto, la sala estaba a rebosar de público, además, comprobado que te encontrabas amigos asiduos de las salas de Barcelona, de Tarragona, del Levante, de Valladolid, Madrid, Euskadi… una reunión de hermandad muy singular y placentera, para disfrutar de una nueva actuación de Uncle Sal. La última también fue en Zaragoza, en La Lata de Bombillas, con una satisfacción enorme entre el público, siendo en horario vermut. Juraría que todos los que estábamos allí en octubre, repetimos, salvo honrosas ausencias, debidamente justificadas.


Tras los consabidos abrazos, besos y apretones de manos, te vas colocando en el mejor lugar posible, para terminar en primera fila, que es como se disfrutan mejor los conciertos de proximidad. A la hora anunciada, con puntualidad maña, salieron los componentes de la banda, que habían estado departiendo con el público.
Ferrán Nogués, guitarra y coros, Francis Fastfingers, bajo contundente, Artimus Gabe, batería, wahsboard y metrónomo, Cristian Krivoruchko, teclado y director de la banda, mientras que Sandro Soulman Sal, se encarga de cantar, tocar la guitarra, socializar, desmelenarse e incluso equivocarse. Un quinteto muy bien consolidado y poderoso, con un sonido casi perfecto que inundaba la sala y una actitud de entrega, rodeada de asombro, que contribuyó al éxito de la noche, con honestidad y calidad a las mismas dosis.

Aunque el repertorio fue ligeramente diferente, no pudieron esconder lo que ya son clásicos dentro de sus cuatro ediciones discográficas. Era de obligada presentación «American Dream» de su tercer disco y que tan solo intuir las primeras notas, enloqueció al público, bastante loco de por sí. Los tres primeros temas fueron un calvario para este reportero tribulete, que pagó la novatada de ser neófito en el tema, pues era mi segunda visita al local. Nunca te coloques en el estrecho pasillo que separa la esquina de la barra del escenario, porque es el canal directo al paraíso de la micción, y puedo jurar que la peña desaguó rieras de lo que fuera que llevaban dentro.
Así que abandoné mi chaqueta a su suerte y me cambié de lugar, entre la jauría de fans que berreaban, bailaban, o al menos lo intentaban, pero que si te sumergías en la barahúnda, disfrutabas como es debido del concierto. Ahí fue donde me provoqué la contractura cervical, pues no paré de hacer statusquos en ningún momento, no tan violentos como Sandro con la guitarra, pero lo suficiente para chorrear como un bellaco.
«Down The Line», «Three Days In New Orleans», «Mississippi State Lane» o la desgarradora «Station Blues», que sonaba como un misil en explosión, y debo hacer mención de la labor del gran Cristian Krivoruchko, que arropa los temas de forma magistral dotándolos de una profundidad fascinante.

El tiempo iba pasando, banda y público se iba desmadrando a partes iguales, las miradas entre ellos acompañadas de sonrisas diabólicas, gritaban salidas por la tangente, alguna letra que se resistió, pero que, el poco respetable esa noche, canturreaba sin permiso ni compromiso, conseguían que la fiesta-hermandad del rock no decayera. Un set con Artimus Gabe en primera fila con su whasboard, filigranas trapecistas de Sandro en el taburete, que casi le cuesta la crisma, slide sale, slide se guarda… todo encaminado a la gran comunión que se generó.
Que como quien no quiere la cosa, estábamos rondando la hora y tres cuartos, aunque aquello nos hubiera parecido un suspiro. Por si a alguien de arriba del entarimado se le iba la olla, la técnica de sala que se encontraba en el lateral, ya avisaba que la cosa se finiquitaba rauda y veloz.
Así que entramos en la antesala de la despedida: «Revolution Blues» de Neil Young, «Jacksonville Tonight» y el atronador «Rock and Roll Soul» cerraron el set.
No marchó toda la banda, se quedaron Christian y Sandro, para lo que anunciaron una pequeña broma sin ensayar. Interpretaron el clásico de Bruce Springsteen, «Thunder Road», a harmónica y piano, con el acompañamiento de una voz detrás de mí, que hacía de apuntador y sacó al vocalista de más de un atolladero. Terminó y la euforia se volvió a desatar cuando sube el resto, para interpretar otra del Boss, «Spirit In The Night», que tuve la intención de grabar en video, pero que desistí al ver unas manos que enarbolaban unas botas, como si fuera un trapo, a modo de júbilo.
Poco más que contar, la banda invitó a sus amigos, The Kleejoss Band, Joss, Luis y Nacho, para todos juntos terminar la liturgia con el viejo canadiense y su himno «Rockin’ In The Free World».
¿Qué más se puede pedir? Que la próxima no sea tan alejada en el tiempo y en la distancia. Estupenda noche americana en el Rock and Blues, que vibró como un local de carretera del Mississippi.
Texto: JLBad
Fotos: Pili Pimpinela


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