THE BLACK CROWES
A Pound Of Feathers
Silver Arrow Records

13.06.26

Puntuación: 4 de 5.


Vaya por delante que soy de los que piensan que Happiness Bastards de 2024 es un gran disco, si somos quisquillosos, no como los clásicos de los 90, pero, ¿quién es el inocente que esperaba un resurgir milagroso de los cuervos? Claro, la prensa británica que se empachó de hablar de resurrección, cuando es simplemente una banda de dos hermanos que ahora se soportan y que saben más por viejos que por diablos.
Pues A Pound Of Feathers es más de lo mismo, pero sin la sorpresa que supuso su antecesor, cuando nadie daba dos duros por ellos. Ahora es diferente, ya se les pide que graben un Amorica como mínimo, y eso es imposible. No están los compañeros de viaje de antaño, pero es normal; no montamos un drama como con la muerte de Chanquete, porque, incluso si estuvieran todos los «buenos», no sacarían otro The Southern Harmony And Musical Companion, igual que por mucho que quieran, los Stones no grabarán otro Exile…

Muy en contra de la opinión generalizada, A Pound Of Feathers no resulta ninguna decepción, y se trata de un buen disco. ¿Podemos hablar de que Happiness Bastards era mejor? Pues no lo sé, simplemente aquel álbum nos pilló a todos desprevenidos y ahora expectantes por una nueva maravilla, que al parecer no ha llegado. Es un álbum de buenos temas, que hoy en día es ya mucho, cuando se tiene una trayectoria como la de estos cuervos.

El disco suena stoniano y a southern rock añejo, que siempre ha sido seña de identidad, más arrebatos impredecibles de Led Zeppelin y Faces. Entre los once temas de la lista no hay una sola canción que se salga de tono; si bien es cierto que su escucha es irregular.

Comenzamos con «Profane Prophecy», que abre con ese riff marca Stones y que, tras cencerro y coros, suena claramente a los The Black Crowes del anterior álbum, intentando alcanzar esa fuerza que emociona y creo que lo consiguen. Sobre todo con ese slide de Rich y la energía que impregna su hermano Chris. La cosa promete.


«Cruel Streak» sigue la misma línea y resurge con unos coros que podrían recordar a Hendrix, pero ¿quién no reconoce a los clásicos en otras canciones? Un tema donde quien se luce es Chris y comienzan a pensar que la banda es más sólida de lo que parece, con Sven Pipien a un bajo ubicuo; Cully Symington con una batería que camina en la mayoría del álbum golpeando a medio tiempo; Erik Deutsch a los teclados que se esconden en segundo plano y se reivindican en las baladas; más la guitarra de Nico Bereciartúa, cuya labor es dejar que Rich pueda sentirse libre.
Llegamos a la primera balda del disco, «Pharmacy Chronicles», quizás demasiado pronto, y desacelera la escucha, pero «las lentas» siempre se les han dado bien a los Robinson, por lo que, sin encandilar, aporta un slide de categoría.
Vuelve la fuerza a medio gas con «Do The Paradise!», que puedo apostar que no durará mucho en su setlist de concierto, pero es típico producto Crowes con unos buenos riffs y una guitarra solista despreocupada y sin ansia de apuñalar.

Segunda balada, quinto tema, la joya de la corona. «High & Lonesome» es uno de esos temas que solo pueden crear las bandas que poseen un mojo especial; una balada maravillosa en composición y ejecución. Con la voz de Chris que en ocasiones susurra de pena, la batería recordando al gran Charlie Watts y esos coros de añoranza tras lo que surge un violín que le da la vuelta a la piel, para que Rich coloque la mejor guitarra del disco, lejana, tímida, excesivamente diminuta, que deja que sea el violín el que agote el tema para empalmar con una guitarra acústica preciosa y un cambio de registro vocal que nos engaña, pues ya estamos en «Queen of The B-Sides»… dos temas unidos que dejan marcada a fuego la magia que siguen teniendo los Robinson; no puedes decir que es un mal disco si contiene estas dos piezas, que nos ofrecen una visión diferente del sonido de la banda y que espero que profundicen en el futuro.

La segunda mitad del disco nos ofrece una visión diferente, más profunda, sin querer denominarla experimental, pero en la que su libertad está por encima de todo. «It’s Like That» quiere arrancar con la fuerza del inicio del álbum y se queda a medio camino sin acelerar; pero enseguida llega otro momento culminante: «Blood Red Regrets», una composición pesada y oscura, con ambientación zeppeliana y cierta mistificación que puede recordarnos al Amorica sin serlo. Pieza de culto que pueden incluir en un disco aquellos que están por encima de lo que piense el business.
Los tres temas que quedan bien podrían ser descartes del álbum anterior, y salvo «You Call This a Good Time?», que suena a Crowes de toda la vida, «Eros Blues» y «Doomsday Doggere!» -a mí me suena a U2-, se olvidarán rápidamente.
El disco se ha gestado en dos años y se ha grabado en diez días, por el mismo productor, Jay Joyce, y en el mismo estudio de grabación, Neon Cross Studio de Nashville, de Happiness Bastards.
Es un buen disco, sin la sorpresa del anterior, pero siguiendo la senda.
JL Bad


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