THE DEAD SOUTH
BENJAMIN DAKOTA ROGERS
Razzmatazz

29.03.26

Gran velada de música de raíz americana, brindada por dos propuestas canadienses, ante una sala grande de Razzmatazz prácticamente rozando el sold out, pero que dejaba cierta comodidad para moverse.
Vaya por delante que asistimos a un gran concierto, con un público entregado desde el inicio del show de Benjamin, con una numerosa afición extranjera en el local, tal y como viene siendo habitual en esta ciudad con los conciertos de cierta popularidad, como era el caso.


Buen concierto el de Benjamin Dakota Rogers, en el que repasó sus tres discos hasta la fecha: Better By Now de 2019, Paint Horse de 2023 y, sobre todo, el estupendo This Ol’Way del año pasado, que destacamos tras su edición en Bad Music Radio.
Temas como «Chalie Boy» o «Little Old Paint Horse» del disco Paint Horse eran recibidos con júbilo por la parroquia compatriota, mientras que «Till The Morning» o «Just The Same», pertenecientes a This Ol’Way, eran coreados y cantados en su totalidad, ante un músico que se sorprendía al igual que nosotros por la acogida tan positiva.
Su música es un country tradicional, que en esta ocasión era defendido con estupenda destreza, en solitario con su electroacústica y la gran voz, con los coros omnipresentes del respetable. Algo más de cuarenta minutos de repertorio, en los que se fue creciendo, hasta terminar adelantándose a la línea de monitores, para finalizar con un «John Came Home», en el cual sustituyó el violín de estudio por un arrebato de acordes virulentos que agradeció gozoso el público.

Le tocaba el turno a la banda principal, The Dead South, que marcó las distancias con Benjamin, pero en un riguroso control de horario, comenzaron puntuales. Esto fue una tónica generalizada en el show, el riguroso control de todo.
De entrada comenzamos hablando del escenario, que resulta muy importante para el resto del espectáculo. Han desarrollado un atrezzo que reconstruye la calle de un pueblo, basado en la portada del último álbum Chains & Stakes. El movimiento de la luminotecnia era espectacular, pero más importante acotar un escenario demasiado grande para una banda muy estática, reduciendo el espacio vital y aportando una mayor sensación de dinamismo.

El repertorio escogido no se diferenció mucho de su anterior visita –crónica aquí-, salvo las referencias obligadas al nuevo disco, ejecutando siete de los trece temas de Chains & Stakes, que, como con Benjamin Dakota, el público cantaba desde las primeras notas de cada canción.

La banda suena de maravilla, acoplada a la perfección, para atacar un bluegrass bastante asequible, dulcificado y en ocasiones comercial, pero que ni por asomo lo comento de forma peyorativa, muy al contrario, pues acercan al gran público un sonido maravilloso que parece destinado a minorías.


Nate Hilts ejerce de líder total y frontman con el público, con su imagen de amish renegado, es el encargado de presentar la mayoría de los temas, mientras cambia de guitarra a mandolina y, finalmente, asiendo una pandereta. Su voz semironca se ajusta a una serie de historias oscuras de crímenes, relatos tenebrosos o letras paganas. A su lado, Scott Pringle, auténtico motor del cuarteto, quien, además de manipular con una soltura envidiable la mandolina, posee una voz prodigiosa que no se explota como debería -es una opinión personal-, sorprendiendo en el final de algunos temas por su potencia, tono y capacidad pulmonar. Siguiendo a nuestra izquierda, encontramos al más intranquilo de los cuatro, Danny Kenyon, que no para de caminar de adelante hacia atrás y viceversa, con el violonchelo colgado a los hombros y aporreándolo o maltratándolo con el arco de cerdas, que, medio destrozado, aporta otro componente lúgubre al show. Su voz posee un tono mucho más bajo que sus compañeros, ideal para canciones más profundas y oscuras. Finalmente, cambiando al extremo contrario, encontramos con el benjamín del cuarteto, que cumplía años ese mismo día y que el simulacro de happy birthday por parte del público resultó un intento patético de felicitación, al no ponerse de acuerdo en la tonadilla que berrear. Se llama Caelum Scott y sustituye a Colton Crawford tras una operación de espalda que todavía lo tiene incapacitado para los directos. Scott ejecuta con maestría el banjo y aporrea el bombo, como única percusión en el escenario, que no en el sonido. Lo curioso es que este jovenzuelo era un fan de la banda, que les seguía a todas partes y ha terminado siendo el repuesto de Colton, mimado en todo momento por Nate Hilts, que parecía su niñera.


El repertorio, tal y como comenté antes, perfecto, ideal para los fans de los de Regina; con todos los clásicos de su discografía, pero no entraremos en él. Simplemente lo podéis repasar a continuación y sacar vuestra propia conclusión, aunque si estuvisteis en el Razz, estaréis de acuerdo conmigo en que no hubo fisuras en la interpretación.

Dejando claro que fue un gran concierto, también debo hacer referencia a puntos que, para este reportero tribulete, fueron, si no negativos, sí que me rechinaron en la cabeza, aunque aquellos que me conocen saben que no la tengo del todo sana.

En primer lugar, el bombo estaba tan subido de volumen que atronaba y, en la mayoría de los temas, que se utilizó, prácticamente borraba del mapa al violonchelo, siendo este instrumento vital para la riqueza sonora de la banda.
En segundo lugar están los cortes en el show. Tan solo hubo una ocasión en la que empalmaron un tema con otro, y fue para presentar a la banda. El concierto fue una montaña rusa, ahora subidón de adrenalina, ahora bajada… Era imposible meterse en el concierto de una forma disfrutable al 100%; cada tema tenía una explicación extensa, o se juntaban en la parte trasera del escenario como una melé de rugby, o simplemente paraban para beber o para nada… que me chocó muchísimo. Es el gran error de The Dead South, no cuidan la continuidad del concierto.


Y finalmente están las pregrabaciones, que siempre me han producido una sensación de desasosiego, porque no es lo mismo que un músico en directo grabe loop y los dispare a que suenen cosas que no ves ejecutar en directo. De esta forma, no solamente yo, reconocimos un violón que se escuchaba apoyando el violonchelo de Danny Kenyon, una voz femenina que sobrevolaba en algunos coros y, sobre todo, una pandereta, que dedujimos que posiblemente fuera manipulada por un rodie que afinaba los instrumentos de cuerda todo el concierto en nuestro lateral, y que desaparecía de nuestra visión cuando resonaba el instrumento, porque si bien es cierto que Scott Pringle, se colocaba en ocasiones unos cascabeles en su bota derecha, era imposible que lo recogiera su micro, al igual que los chasquidos de dedos.
De todas formas, lo expuesto no va en detrimento de la calidad del concierto, aunque sí que es verdad que el tema de la continuidad es otro cantar…
Texto: JL Bad
Fotos: DBruc / McOkie


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