MOONSHINE WAGON
Razz 3, Barcelona
9.05.26

Regresaba Moonshine Wagon a Barcelona, recayendo en la sala pequeña de Razzmatazz, que se quedó minúscula ante el público que llenó el recinto con un espíritu muy de pasarlo bien y que convirtió el concierto en uno de los de antaño, aquellos que algunos recordamos con añoranza, cuando las luces del recinto se encendían para echar a la banda de turno, pero los músicos hacían oídos sordos y continuaban.

Últimamente asistimos a shows que finiquitan el trámite con premura y lo aceptamos con resignación, tanto público al caer en la desidia de insistir para los bises, como los músicos, esclavos de los timings de las salas con apretados horarios de alquiler, pero estos muchachotes no son un ejemplo de obediencia y acatamiento, más bien lo contrario y eso es siempre de agradecer y remarcar.


Una gran pancarta nos recibía en la Razz 3 con un escenario vacío de amplificadores y desde luego, de batería. Un violín colgado, un contrabajo con más pegatinas que la maleta de Phileas Fogg y al fondo, cada uno en su soporte de suelo, un banjo negro, dos guitarras electroacústicas, una mandolina y, tumbado en una funda, un bouzouki. Menudo arsenal de cuerdas gastan estos cuatro tipos que viajan en furgoneta —la mítica Wagon— y que no se quedan a pernoctar en Barna porque se toparon con la realidad implantada en la ciudad a golpe de divisa turística; «¡Ay, la hostia! Las habitaciones están por las nubes, así que terminamos, pillamos la furgo y marchamos para casa. ¿Quién conduce? Este que no puede beber». Goiatz se refería a su compañero Thagomizer, que estuvo todo el show en dique seco en cuanto a alcohol se refiere.

Nada más salir a escena y saludarnos, detectamos el gran sentido del humor que portaban los protagonistas de la noche e inmediatamente, se distribuyeron según los roles adjudicados a cada uno: Goiatz Dutto al violín, que se erigió como maestro de ceremonias, llevando la voz cantante; Víctor Gabriel Martín a su derecha, alzando el contrabajo como si levantara un simple violín, a su izquierda, Lander Lourido “Thagomizer” que se colgó la guitarra y pareció el más formal de todos en su condición de chofer oficial 0’0 anunciado y finalmente, esquinado en un lateral, David “Dagda”, mostrando un bouzouki irlandés, aunque no quedó ahí la cosa, a lo largo de la noche aprovechó para evidenciar sus habilidades a las cuerdas de variados instrumentos, incluido el violín.

El inicio fue relajado con «It’s So Slow» y «First World Problems», pero suficiente para caldear el ambiente. Goiatz: «¿Os está gustando? Veo que aplaudís y eso quiere decir que no tenéis un vaso en las manos. Nos gustan los aplausos, pero con cerveza suena mejor». El público le secundaba y se evaporó la calma; «Ghost» y sobre todo «Slave Of Distraction» despertó el desenfreno, que no volvió a bajar de intensidad en toda la noche. La cosa estaba clara: si la banda saltaba, ¿quiénes somos nosotros para llevarles la contraria?


El intercambio de instrumentos aportaba una calidad añadida al repertorio y crecía el nivel de interacción con el público. Con «You, Yourself and You» se hicieron los primeros pogos en la olla. Dagda parecía sacado de una banda de metal extremo con sus molinillos y su pose de piernas abiertas. Más tarde hicieron referencia a lo evidente y es que transitaron cada uno, obviamente, por el metal y es uno de sus géneros de preferencia.
Llegados a este punto, hay que puntualizar que las segundas voces de los Wagon son esenciales para el resultado final. Al carisma y simpatía de Goiatz se suman las voces de Lander y David, aportando el contrapunto perfecto; el primero con más amplitud de tonos y el segundo, con un sonido gutural que le daba el contraste perfecto.

Tanto es así que, Lander ejerció de vocalista principal en varias ocasiones con un registro impecable en la magnífica «Marinelaren Zai», canción tradicional vasca que refleja el desamor en su máxima expresión, donde la entrada a violín de Goiatz la tornó en uno de los momentos más bellos de la noche. Es una canción que destila una gran carga emocional y la bordaron con ese aire folk tradicional pero transgresor al mismo tiempo. Otro momento a destacar de la noche fue invitar a Jodie Cash a cantar un tema totalmente destacable en su discografía, como es «Days Go By», acompañando la voz de Goiatz, con ese registro, transparente, cálido y cercano que la caracteriza y que magnificó el tema. La pequeña gran Cash, a la que casi no se la veía entre tanto chicarrón, hasta que se dieron cuenta y la sacaron a primera fila.

El concierto se mantuvo vivo y en todo su poderío a lo largo de la noche con temas como «Everybody Lies», «I Better Live Alone», con otro cover de la noche, «Two Hearts Down» de Cruz Contreras / The Black Lillies, seguida de la preciosa «Txoria Txori», un poema de Joxean Artze que se convirtió en una famosa canción gracias a Mikel Laboa, segundo tema en euskera, con un directo apabullante y altamente adictivo que escucharías en bucle al imprimirle un mayor ritmo en un auténtico cántico a esa añorada libertad que respeta la identidad individual. 

Todo llegaba a su fin y mirando el reloj, no podíamos creer que nos acercáramos peligrosamente a la hora y veinte minutos, mientras finiquitaban la primera parte del show con «Ace of Spades» de Motörhead al más puro estilo de los divertidos Hayseed Dixie o «I Want It That Way» de Backstreet Boys, pero bastante más cercana a la visión de su creador, el compositor Karl Martin Sandberg.

Atrás quedaron momentos hilarantes, como la presentación de su propio whiskey, un Bikkon de malta que combina caldo escocés y vasco, con cuatro años en barrica. Abrieron una botella y se la pasaron por las narices de Lander, que se los miraba con paciencia de madre y arrancaba a cantar en solitario un medley de Nickelback y Pearl Jam, registro que le va como anillo al dedo, mientras sus compañeros salían a fumar. Nos hubiéramos quedado toda la noche escuchando ese show acústico de Thagomizer, carismático donde los haya, con esa voz profunda, de giros y matices desde el buen oficio del que saca partido a cada uno de sus tonos, o las constantes bromas al “nuevo” de la banda, David, que lleva ya seis años, pero que le pasa como al mismísimo Brian Johnson: siempre será el nuevo.
De vuelta todos al escenario, llegaba el bis de rigor con otro tema que de nuevo prendía mecha, «My Liver Is Trying To Survive», con pogos continuos y ambiente de jolgorio popular, donde intercalaron las reconocibles notas de «Paranoid» de Black Sabbath, de nuevo bajo un cierto regusto Hayseed Dixie, para empalmar con «Empty Bottle», otro himno en toda regla.


Lo que pasó a continuación lo convirtió en algo más que un concierto: lo transformó en una perfecta comunión entre público y banda, que nadie era capaz de cortar. Hasta tres veces parecieron despedirse y no fue posible. Nadie se marchaba de la Razz 3. «Pero, ¿es que no tenéis casa?», preguntaba Goiatz que se llevaba para el viaje de vuelta una sonora negativa, más varias ofertas de pasar la noche en casa de alguien. Una y otra vez, hasta que casi afónico, el violinista amenazó que era la última porque debían conducir muchos kilómetros de vuelta a casa y no era plan. 

Rubricaron con dos horas y cuarto de reloj con un estilo tan salvaje como de raíces clásicas con folk popular, bluegrass, country, americana, aderezado con notas de metal y todo ese regusto en perfecta armonía.
¡Qué grandes son!
No os los perdáis si los tenéis a tiro. Saborear cada una de sus influencias, que no son pocas, pero de gran consistencia y sobre todo, hábilmente hilvanadas.

Texto y fotos: Lady P. / JLBad


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