
GUADALUPE PLATA
Sala Upload, Barcelona
2.07.26
Definitivamente, asistí a uno de los conciertos del año. La sala Upload presentaba esta cita casi como una tradición: era la novena visita de Guadalupe Plata a la sala barcelonesa. Montjuïc vivía inmersa en los fastos del Tour de Francia y el Poble Espanyol permanecía cerrado por el concierto de Joan Dausà, que despedía a los que suelen veranear en Calella de Palafrugell. Así que acabamos entrando casi de forma clandestina, por la puerta de atrás. A la hora del concierto, la sala presentaba una magnífica entrada. Mucho público y, sobre todo, auténticos seguidores del grupo. Gente con ganas.
Upload siempre me ha parecido una sala barroca y extraña. Esa noche, iluminada por una tenue luz rojo fuego, casi en penumbra, y con su característico suelo de damero, parecía el decorado de una película de David Lynch. Y entonces aparecieron en escena Pedro de Dios (guitarra y voz) y Pedro Jimena (batería y percusión). La puesta en escena era lúgubre y austera. Los dos músicos, pegados el uno al otro, ocupaban un espacio minúsculo en el centro del escenario. Ajenos al público, completamente ensimismados en sus instrumentos y en un espectáculo perfectamente rodado, construido sobre una improvisación constante que, paradójicamente, parece estar cuidadosamente ensayada. Sin un setlist visible, pero con las ideas muy claras.

Ellos mismos dicen beber del blues del Delta, pero Guadalupe Plata es mucho más que eso. Son garage rock, psicodelia, música de raíces e imaginería casi religiosa. Para mí, una banda absolutamente inclasificable. Y precisamente por eso, genuina. Todos tenemos nuestras referencias. A mí la voz sureña y aguda de Pedro de Dios me recuerda al gran Jesús de la Rosa, de Triana. Durante el concierto aparecen constantemente ecos de la música popular andaluza. Aúlla como Howlin’ Wolf y, un instante después, parece predicar versos surrealistas desde un púlpito. El sonido fuzz de su guitarra, saturado y envolvente, junto a unos deliciosos cambios de trémolo y reverb, construye todas las atmósferas posibles. Con muy poco, este guitarrista lo llena todo.
Pedro Jimena, por su parte, es un batería y percusionista extraordinario. Empuña las baquetas con la elegancia de un músico de jazz y se rodea de pequeños instrumentos de percusión. Gran parte del peso del espectáculo recae sobre él, sin que la intensidad decaiga un solo instante. Su groove ligero invita a bailar mientras despliega un repertorio infinito de recursos y un gusto exquisito.

Por momentos, ese calor del sur flotaba sobre la sala con aromas latinos, recordando incluso a los angelinos LA LOM, especialmente durante la versión instrumental que interpretaron de El Cóndor Pasa. En cuanto al repertorio, no se dejaron nada en el tintero. Una hora y cuarto de música ininterrumpida. Ni un “buenas noches”, ni un “gracias”. Nada. Un tema enlazaba con el siguiente hasta desembocar en un bis de dos canciones. Primero, una larga pieza instrumental de carácter hipnótico, marca de la casa. Después, el cierre definitivo con Los de Madrid.
A Guadalupe Plata le sigue una auténtica legión de fieles. Y si todavía no son más numerosos es, precisamente, porque siguen siendo una banda auténtica, fiel a sus principios y ajena al mercadeo. No faltaron sus himnos más celebrados, coreados por una sala completamente entregada: Huele a rata, Tengo el diablo en el cuerpo, El paso del gato o Milana, entre otros.
En definitiva, uno de los mejores conciertos que he visto este año firmado por una banda nacional. Solo encuentro adjetivos superlativos para definir a Guadalupe Plata. Y es que, como cantó Miguel Ríos: «Andalucía son hombres que luchan por su destino».
Texto y fotos: Xavi Malacara






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