
MOJOTHUNDER
Razz 3
25.09.2024
Debido a mi eutanasia mental, llegue con el hígado saliendo por la boca, pensando que era tarde, y me puse a la cola para entrar, sin percatarme —suele ser habitual—, que la mayor parte de los congregados en las escaleras, parecían salidos de una fiesta de Halloween o un estreno de Tim Burton. Curioso, todos desaparecían en la puerta de la izquierda y a servidor le indicaron que a la derecha —no seáis mal pensados—. Entré y, voilà, Antonio Celeiro me dice que soy el primero, lo cual no da vergüenza, porque nadie te ve. Ahí que joderse, que al lado estaban mis queridos The Mission, pero yo era el único que iba a ver a los MojoThunder.
Pues nada, como no tengo el cuerpo para muchas alegrías, me negué a mirar hacia el bar, que el Demonio te tienta de muchas y diferentes maneras, y estuve un buen rato espiando escenario, guitarras, amplis de válvulas —como debe de ser— y pedaleras. La cosa pintaba mal y a falta de diez minutos, no pasábamos de veinte personas. La duda: ¿No habrán girado a la izquierda por equivocación?

Qué va, es Barcelona, que cada día me demuestra más, que no es una buena ciudad para el rock. Una lástima, porque os puedo asegurar que anoche asistí a uno de los mejores conciertos de este año, y no es por poner los dientes largos, pero paso de la centena, en estos nueve meses.
No es cuestión de buscar culpables a estas alturas de la película, pero hay claves bien marcadas para entender lo que pasa. La parroquia del rock está vieja, de la misma forma que la del blues, y no parece que haya un deseable movimiento regenerativo, es más, las dos se ignoran continua y mutuamente, porque ayer había más de música negra de lo que uno pudiera adivinar. Septiembre ha sido un mes de overbooking de conciertos, con una avalancha de shows que, no da la vida para ello. Por otra parte, aunque la CEE diga que España sigue creciendo con un 2’8%, será en las carteras de la clase asquerosamente pudiente, porque con los precios de la vivienda y las subidas de alimento, por monsergas como la pandemia, la guerra de Ucrania y su puta madre, la mayoría nos hemos tenido que transformar en equilibristas, para llegar a fin de mes.
Que el precio de un concierto de los nuestros, no es excesivo, pero si cada cerveza te sale a cinco euracos, aun estando caliente y que te la echen en el vaso con mala leche para que no quepa, te sale por un pico, sin contar si eres de los que compran el disco o algo de merchán —como es mi caso, si hay gorras—. Vista la coyuntura, la gente prefiere pagar por ver a una banda, que lo haga mal o bien —ahí no entro—, les ofrece un tributo con canciones que pudo escuchar en la desaparecida M80 Serie Oro, en las 300 canciones de RockFM o las de Cadena 100, que vienen a ser las mismas. Juegan a eso de «Más vale malo conocido que bueno por conocer». Así nos va, al que le quepa el sayo que se lo ponga.

Con tan poca clientela, la banda demostró que se debe tocar igual, o incluso mejor, para diez personas que para diez mil. Salieron puntuales, a las 21 horas, con una sonrisa de oreja a oreja, y comenzó el show.
Una introducción bastante pinkfloydiana, extensa y que nos dejaba adivinar que el amplificador Fender estaba con el potenciómetro al máximo, dio paso a «The Sun Still Rise», exponiendo cuáles eran los términos del acuerdo sellado, al comprar la entrada. Temas con muchísimo más desarrollo que en estudio, pero es más, incluso que el directo Alive, With Friends. Un sonido potente, que navegaba entre las tempestades del southern rock, para estrellarse con los arrecifes del garage más pantanoso, naufragando en la marea negra de la música afroamericana, intentando salir a la superficie, con dignos chapoteos de stoner rock, sin olvidar el oleaje del funk y marejadas de pista de baile.
Como muestra un botón, ese primer tema en video.
A partir de ahí, llegaron cerca de 40 minutos de empalmada musical, es decir, Bryson Willoughby (guitarra principal), no dejó de tocar ni un solo segundo, erigiéndose en capitán del velero, era quien mandaba absolutamente todo. Terminaba el tema y ejercitando con unos arpegios, se diría a Zac Shoopman (batería), para explicarle que iban a tocar, mientras Andrew Brockman (bajo), les miraba con diversión y siempre sonriendo la decisión final. Sean Sullivan (voz/guitarra), que se trabajó a destajo en bolo, con una voz privilegiada para sobrevolar tal maremoto de ruido, alcanzando unos agudos insurgentes en algunos temas, acataba órdenes como grumete ensimismado, incluso cuando Bryson le chivaba que diera gracias al público, que minoritario sí, pero público entregado como el que más.

Porque el escaso número de personas en la sala, no fue problema para hacer más ruido que los de la sala hermana, así se desgastaron las palmas de las manos, que si estaban ocupadas con una cerveza, se vaciaba, chasqueaban y luego se reponía por otra. Se gritaba, silbaba y vitoreaba cada fraseo de guitarra, cada baile de Andrew, que os puedo asegurar que él era más que suficiente, para montar un show magnífico, bailando, saltando, realizando pasos inverosímiles, más cercanos al charlestón que al rock, un tipo la mar de simpático y ojo, un maravilloso bajista.
Esa es otra, la profesionalidad de los músicos, su aptitud brillante con lo que tienen entre las manos. Para entender perfectamente, el aluvión sonoro que se nos vino encima, hay que pasar por las manos y las baquetas de Zac, un verdadero monstruo en las tareas de sacudir mamporros, que empuja a la banda hacia el precipicio, allí donde estábamos nosotros, un tipo con cara angelical, pero que debe dar guantazos como panes de kilo. La segunda marca de la casa, es el bajo y su conductor, Andrew tiene el ritmo en las venas y no hace falta que atice las cuatro cuerdas, para llevar el timón del barco, tanto que el resto de compañeros, le buscan con la mirada de vez en cuando, como pensando, «Si Zac está bien, es que la cosa funciona». ¡Qué personaje más entrañable! Es un virus de ritmo descontrolado, al que se escapaban los ojos sin querer.

La tercera clave de su explosivo show, está en el repertorio, una track list de temas contundentes, al cual mejor, y que dejan total libertad a los músicos para regodearse en la improvisación. Una banda que va sin set list, improvisando a medida que pasan los minutos y respondiendo a la euforia del gallinero. Así fueron cayendo temas: «Step By Step», «Greting from Western Art», «Blackbird» y «Rising», tras el cual se hizo el primer silencio, porque Bryson cambió de guitarra.
El guitarrista se explayaba lo que quería, cruzando guitarras en la mejor tradición del southern rock, dejándose querer por la gente, saltando y aporreando el instrumento a lo Pete Townsend, con quien también tiene rasgos similares, igual que la música negra, especialmente de blues, soul y funk, como esa inolvidable «John the Revelator» a capela —todavía se me pone la piel de gallina de recordarlo—, donde Sean, giró su gorra como diciendo «Ahora, os vais a enterar de lo que vale un peine»

Terminada la misa reveladora, acometieron el tema más popular de la noche, «Holy Gost», cantado por los treinta a pleno pulmón, y donde la banda se dedicó a jugar con nosotros, o nosotros con ellos, no está muy claro.
La recta final del show fue demoledora, las rodillas castigadas del movimiento en vaivén de la cabeza, el cuello con contractura y el espíritu regenerado de la intimidad desplegada por Richard Hawley la noche anterior.
«Hold On, I´m Coming» volvió a rescatar el espíritu negro de la formación, que en clave soul despidió su concierto, pero, no señor, las cosas no se hacen así, hay que doblar la oferta y lo hicieron de la misma forma que cierran en magnífico directo Alive, With Friends, con la diferencia del tiempo, si en el álbum alcanza los 7:45 m. ayer noche llegamos a los diez, colocando en medio el increíble «Papa Was A Rolling Stones» y unas disertaciones musicales que iban del soul a la psicodelia, enormes, grandiosas. Con todo el respeto que me merecen, mucho mejor interpretación que el cover de The Black Crowes, banda por la que sienten adoración MojoThunder.
Noventa minutos de show y salir por patas de regreso, con una boca más grande que el Gato Risón de Alicia, más feliz que unas pascuas, con la sensación de haber asistido a uno de los mejores, o quizás el mejor concierto de este año.
Anoche fue el inicio de gira por nuestro país, recordad lo que leéis y si pasan por vuestra ciudad, no dejéis que la olla tenga treinta personas y petar la sala, vuestra alma me lo agradecerá y vuestro cuerpo se cagará en todo mi árbol genealógico, pero estoy acostumbrado.
Text y fotos: JL Bad


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