
NASHVILLE PUSSY
Sala Upload, Barcelona
6.05.26
Con una semana cargada de conciertos, era necesario recargar las pilas y nada mejor que una buena sesión de rock descerebrado y arrollador a cargo de los siempre peleones Nashville Pussy.
Los de Atlanta jamás fallan, tampoco inventan nada y desde luego no han venido a este circo a innovar en absoluto, pero puedes tener por seguro que en lo suyo son de lo mejorcito que hay. Riffs de guitarra asesinos, bajo machacón a toda velocidad, batería que parece que se vaya a poner a caminar por la fuerte pegada y una guitarra que no deja ni un momento de taladrarte el cerebro, es decir, puro rock’n’roll.






Parte imprescindible de los conciertos de los Pussy es el público, que sin llegar a colgar el sold out, decoró Upload de camisetas negras, melenas, alopecias pronunciadas y canas. El feedback público-Pussy se puede oler desde el principio, cuando salen los músicos, comienzan a afinar con parsimonia sus instrumentos de espaldas a la olla y allí se produce un griterío mayor del que consiguen otras bandas al salir a hacer el bis. Cuando consideran que la excitación es aceptable, se giran y Blaine Cartwright arranca el riff de «Pussy’s Not a Dirty Word» y empieza la locura colectiva. Macarrismo made in América profunda, cantan como si te estuvieran escupiendo en la cara, se abalanzan como si fueran a agredir a alguien en las primeras filas, gritan, no paran quietos y, sin apenas dar tiempo a respirar, empalman con «Shoot First and Run Like Hell». Esta podría ser la crónica del concierto, porque el resto es un bucle repitiendo lo mismo, sencillo, sincero, muy honesto y rock’n’roll, pero quizás es necesario hacer algunas reflexiones al respecto.

La base rítmica está totalmente consolidada con el peleón y joven Dusty Watson en las baquetas –que, por cierto, las venden en el merchan– y Bonnie Buitrago con su buen trabajo de fondo en las cuatro cuerdas, un puesto que ha estado intranquilo durante algún tiempo, pero que ahora es poderoso y contundente. Blaine sigue cantando igual de mal que antaño, pero ahora es más comunicativo, incluso se ríe de vez en cuando; abandona la guitarra para bailar una especie de danza vaquera de madrugada en un tugurio de mala muerte y whiskey de madera. Y luego está Ruyter Suys, que hay que darle de comer aparte.
Ruyter es una gran guitarrista, pero injustamente minimizada sin venir a cuento. Es más, si no se tratara de una mujer, estaría considerada como una de las mejores guitarras del género. Ella es una fuerza de la naturaleza, nada elegante, como los vendavales que se transforman en huracán y arrasan con todo; claramente es una maestra de la escuela de Angus Young y una postura en escena que mantiene tus ojos esclavizados en ella más de la mitad del show. Chavacana, si quieres, pero con una vitalidad envidiable a sus cincuenta y ocho otoños. Como ella ha declarado en alguna ocasión, «Cierro los ojos y me dejo envolver por la explosión sonora».

La banda está mucho más centrada que en otras giras; no es que se hayan domesticado, qué va, es que ahora controlan la explosión y con ella la onda expansiva, que es mucho más destructiva. Se marcaron un concierto sin lagunas, donde hubo tiempo para los numeritos oportunos y demandados por el público fan, como llenar el sombrero de Blaine de cerveza y beber de él, hacer el «Elvis» con el pie de micro o, en la apoteosis de «Go Motherfucker Go», Ruyter regara con whiskey a las primeras filas y romper las cuerdas de la guitarra al final del mismo tema.
Pero en mi opinión, y no tiene que ser la válida, lo de esta noche en Upload —con un sonido perfecto— me lo guardo como el mejor concierto de Nashville Pussy hasta la fecha; porque espero que haya más y mejores. No os lo perdáis, todavía queda gira.
Texto: JL Bad
Fotos: Peter Pank Rock



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