


BASEMENT SAINTS
Razz 3, Barcelona
27.05.26
Hacía casi una década que la banda afincada en Suiza no pisaba los escenarios de la ciudad, concretamente desde el 27 de septiembre de 2026, cuando presentaron su álbum debut, Get-Up en la desaparecida Rocksound. Ahora, con un estatus más elevado y de la mano de quienes les trajeron anteriormente, se presentaban en la sala pequeña del Razz, demostrando de entrada que se les quedó pequeña, pudiendo haber optado por la 2 si no fuera porque estaba ocupada por un concierto de los colombianos Nasa Histories. Sold out completo, continuando con la buena racha de Rocksound – Acaraperro Producciones, que están marcando un año de récords, y que dure.
A las 20:30 h, comenzó a sonar música por los altavoces de la sala, hasta ahora mudos, ni más ni menos que el «Hocus Pocus» de los holandeses Focus, animando al personal que se atrevió con los sonidos tiroleses del estribillo, pero que cortaron rápidamente los tres componentes de Basement Saints al salir de la penumbra, colocarse cada uno en su lugar y empezando a trasluz el primer tema, el southern rock de «Left Lane Cruiser», que sonó poderoso como el trueno, descerrajando la poca resistencia que pudiera presentar el público. Cuando a medio tema Robby Keys se marcó un piano honky en el teclado eléctrico que reposaba sobre el magnífico Hammond, el público ya estaba entregado a la ceremonia.

«Spark in the Woods» le siguió sin mediar palabra por parte de los músicos, pero ya teníamos una buena idea de lo que íbamos a disfrutar esa noche. Robby arremetió con el Hammond, que cuenta con la particularidad de apoyarse en dos altavoces Leslie, los cuales sumados aportan una potencia y majestuosidad que marca la personalidad de la banda, sin menospreciar al joven Simon Molly en la batería, quien cumplía años ese mismo día y fue obsequiado con un Happy Birthday por sus compañeros y todos los presentes.
La guitarra de Anton Delen marcaba el punto de inflexión con el órgano, jugando con la distorsión cuando era necesario, sin apenas pedales en los pies, porque lo mejor de Basement Saints es que busca el sonido orgánico, muy fiel a las atmósferas de los setenta, y doy fe de que lo consiguen. Por otro lado, he de reconocer que me sorprendió gratamente la voz de Anton que, si bien en disco está perfecta, en vivo arriesga en todo momento y posee un abanico de registros que le permiten dar brillantez a los temas, sin desdeñar las segundas voces de Molly y sobre todo Robby. Importante remarcar que, sin ser obsesivo ni demasiado virtuoso, su manejo del slide define algunos temas de forma especial, siendo el eslabón perdido al blues.

Iban pasando los minutos a una velocidad endemoniada, sin apenas tregua desde el escenario, pero la olla estaba en pleno estado de ebullición, coreando todo estribillo marcado, hasta el punto de que los propios músicos se sorprendieron; Robby en un par de ocasiones agarró su móvil para grabar el entusiasmo de los presentes, lo que provocaba otro pico de adrenalina en el colectivo, video que se puede ver en su Facebook.
Sonó el primer cover de la noche, «Steam Train», un southern soul con toques de funk –creo que de Lee Fields– donde el Hammond se erige como líder omnipresente. Tuve la necesidad de cambiar de posición, dejando el lateral de la guitarra para trasladarme al del Hammond, aunque no era fácil esa noche. Así pude disfrutar de la extraordinaria sonoridad de ese órgano apoyado en dos Leslie, que aportaban una solemnidad espectacular; casi se podía disfrutar de la corriente de aire que expulsaban los Leslie, y contemplar el manejo de los pedales por parte de Robby, comprobando que esa sensación de bajo eléctrico que marcaba el ambiente, la marcaba él con los pedales. Para un fan del Hammond como este reportero trinulete, fue una gozada los dos temas que disfruté, pero había que moverse.

Y situado en el centro, recibí la descarga de un tándem de temas que cualquier otra banda en su sano juicio hubiera dejado para el final: «Love to Ride», en el cual Simon maneja bombo-caja como si de un bucle programado se tratara, de esos que, quieras o no, te obligan a mover la cabeza, para que Anton introdujera el mejor solo de guitarra de la noche, gritando como un poseso, y ahí, fue la primera ocasión que se reflejó en mi mente Ian Astbury. «Night Owl», uno de los temas más místicos de Down South, su último álbum, en el que Robby nos deleitó con una introducción a base de Hammond y teclado eléctrico de auténtica psicodelia hipnótica; casi siete minutos de sonido ácido, acompañados de una luz tenue, contrapicada y en penumbra, que marcó uno de los episodios más bellos de la noche.
Habría que remarcar a estas alturas que pocas veces he visto al público tan entregado, en una eclosión de bienestar y felicidad que solo se entiende a posteriori con frases odiosas como “Yo estuve allí”. Salimos de la psicodelia intimista para zambullirnos en el barril de la pócima lisérgica con «Heavy Dreams», un tema que progresa hacia clásicos como «Easy Living» de Uriah Heep, en un punto del concierto en el que los músicos no podían empalmar los temas porque el público no paraba de aplaudir y reiterar al final de cada canción.

Otro momento mágico llegó de la mano del segundo cover, «Wicked Game» de Chris Isaak. Si el original es una de las composiciones más bellas que se han podido escribir, la adaptación que hacen estos melenudos es aplastante, pesada y bucólica en el principio, para desbocarse a medida que avanza y transformarlo en un hard rock sólido al final.
Si resumimos la cerca de hora y media que duró el show, no podemos dejar de reflejar la sorpresa de lo visto; una banda que tiene muy claro cómo quiere sonar y lo consigue a la perfección. Un sonido setentero, marcado por el hard rock de la época y que se introduce en terrenos psicodélicos a la primera de cambio; cuentan con una base blues importante, pero lejos de la aportación del slide en ocasiones, su alma negra camina más hacia el boogie con toques de barrelhouse. La fuerte personalidad la marca ese Hammond B3 con el par de Leslie creando atmósferas y la compenetración entre los tres músicos, lejos de egos y protagonismos absurdos; uno para todos y todos para uno, nos indican que tienen por delante un largo y exitoso recorrido.

El final del bolo fue para enmarcarlo. «Radious Of Heart», un hard rock con aires southern que te levantaba el espíritu, porque el cuerpo estaba ya dolorido de bailar; en este tema el juego guitarra-órgano fue especialmente llamativo. «Reasons & Rhymes (RNR)» posee el contrapunto entre órgano y piano que invita al desenfreno, y es ahí cuando ataca la guitarra para no dejar prisioneros. Un tema castigado a estar oculto para pedir el bis, que no tardó mucho en llegar. Fue con «Highway Lines» con el cual Robby nos regaló una introducción épica a modo de Rick Wakeman en Journey To The Centre Of The Earth, pero que poco a poco se fue disfrazando del Demons & Wizards de Uriah Heep, para dejar entrar a sus compañeros y terminar todos juntos en el escenario.
Lo vivido esa noche en el Razz fue el momento adecuado de disfrutar de una banda en este tipo de salas, puesto que Basement Saints están castigados a crecer muy rápido y pasar a otro estatus superior; salvando las distancias, creo que pasará como con DeWolff, y si no, tiempo al tiempo. De todas formas, siempre podremos decir: “Yo estuve allí”.
Lo mejor de lo que llevamos de año.
Texto: JL Bad
Fotos: K Wojtyla






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