CHRIS ISAAK
Paral·lel 62
, Barcelona
27.06.26

Que Chris Isaak es un icono de la música norteamericana, nadie lo pone en duda; que su voz se ha convertido en universal, tampoco; pero además, se trata de un caballero elegante que con su sola presencia llena cualquier escenario en el que aparezca, tal y como sucedió en la sala Paral·lel 62 en esa noche de sábado.
Llegaba recién apagadas las setenta velas de su pastel de cumpleaños, que se comió en Bilbao el día anterior, pero con una aureola de juventud inquebrantable que irradia entusiasmo y autenticidad, honestidad y humildad, como si no tuviera mérito alguno poseer una carrera musical de cuatro décadas y media, más una colección de canciones que le transforman en una figura imprescindible para entender la evolución del rock & roll.


Acompañado de una más que sólida banda, formada por Rowlland Salley, fiel compañero que le acompaña al bajo las últimas cuatro décadas, Christopher Powell encerrado tras la mampara de la batería, el simpático Michael Webb en los teclados y el acordeón, más el estupendo guitarrista J.D. Simo, Isaak nos hipnotizó con casi una treintena de temas que consiguieron que las casi dos horas del repertorio nos parecieran un suspiro. Lo cual es digno de mención si tenemos en cuenta que la sala parecía un infierno esa noche, con un calor asfixiante y demoledor.

El recital comenzó con «Beautiful Homes», abriendo una brecha en nuestros corazones que no volvió a cerrarse hasta salir del recinto. Un sonido limpio, claro y potente en la instrumentación y excelente estado de voz del protagonista, que se vio sesgado por el Happy Birthday coreado por el sudoroso respetable, antes de que el americano atacara «Somebody’s Crying» y abandonara el escenario por primera ocasión, para dirigirse entre el público a los pisos superiores y saludar a sus fans.

Y es que quizás lo más destacado del concierto, sin menospreciar un setlist de lujo, fue la entrega de Chris Isaak, que desde el minuto cero se encargó de establecer una comunicación magnífica con sus fans, agradeciendo en todo momento el cariño que se le dispensaba.

Un concierto de Greatest Hits que caían en cascada sobre nuestros oídos disfrutones, que no daban abasto con tanta delicadeza y magia musical. «Waiting» y «Don’t Leave Me On My Own» dejaron paso a uno de los momentos álgidos de la noche, que no por esperado dejó de provocar el júbilo colectivo: «Wicked Game», coreada por el público, incluso la melodía de guitarra.

Otro de los detalles de gentleman de Isaak llegó cuando retrocedió un paso y dejó que Rowlland Salley se hiciera con la voz principal para interpretar «Killing The Blues», tema compuesto por el bajista y que popularizó Robert Plant con Alison Krauss en el 2007, ganando un Grammy como la mejor colaboración en una canción de country. O cuando, sin estar en el guion establecido, improvisaron «Blue Spanish Sky», todo un regalo auditivo.

La noche estuvo cargada de pinceladas emotivas, como los covers interpretados, a cada cual mejor: «Oh! Pretty Woman» de Roy Orbison, «Can’t Help Falling in Love» de Elvis, con movimiento de pelvis incluido, el soul de James Brown «I’ll Go Crazy» o el sorprendente blues de Jimmy Reed, «Baby What You Want Me to Do».
Chris Isaak retomó su viajecito por entre los agradecidos fans, cantando como auténtico cronner del rock & roll, para marcharse y dejarnos boquiabiertos y reclamando más medicina espiritual en forma de canciones.
Se sació nuestra sed, que no el calor, con «Baby Did a Bad Bad Thing», donde dejaron su típico guiño a las películas de James Bond; «Black Flowers» o la última dosis, «The Way Things Really Are», para cerrar un concierto antológico, que solo podía mejorar si el aire acondicionado de la sala hubiera funcionado.
Todos salimos a respirar aire contaminado y bochornoso, pero con algunos grados menos, que era de agradecer… En nuestras caras llevábamos marcada la sensación de haber visto a una leyenda.
Texto: JL Bad
Fotos: DBruc

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