Kenny ‘Blues Boss’ Wayne
Aclam Club
, Barcelona
20.09.26

Doce años después de mi primer encuentro en directo con su música, vuelvo a disfrutar de un show de Kenny Wayne, con la misma banda que le acompañaba en la primera ocasión, sus incondicionales: Russell Jackson en el bajo, a quien también pudimos ver el 10 de julio de 2006 en el festival B-Estival del Poble Espanyol, como músico de B.B. King; Heggy Vezzano en la guitarra, músico italiano que es propietario de un fraseo elegante y sentido de blues, docente de la School Of Blues Milan y durante años compañero del pianista Sergio «SirJo» Cocchi, con quien -si no me falla la memoria, pudimos verles en la desaparecida sala Milano-; mientras que la batería la ocupaba Joey «Pocket» DiMarco, canadiense procedente de Italia que se ha pasado media vida acompañando a Kenny, además de numerosas colaboraciones como la del guitarrista de Tower of Power, Bruce Conte.

Kenny ‘Blues Boss’ Wayne se presentó en la sala Aclam con sus compinches y sus 81 años a la espalda, no prescindiendo en ningún momento de esa energía que transmite y los detalles de virtuosismo que lo han llevado a ser uno de los pianistas de boogie woogie más respetados del planeta, habiendo ganado a pulso su reputación siendo gregario de nombres como Fats Domino, Theosophus «Little Willie» Littlefield, Amos Milburn y Johnnie Johnson; este último era el pianista de Chuck Berry.

Si hay artistas como Sugar Ray Rayford que son famosos, además de por su profesión, por extravagancias varias, en el caso de Rayford, por la costumbre de regalar entre las primeras filas del público collares de baratijas, Kenny Wayne lo es por sus rimbombantes y pomposos trajes, que aquí comprobamos de la guisa que se le ve en las fotos.

El show, como era de esperar, recurrió a su último álbum de 2024, Ooh Yeah!, empezando el mismo con la canción que le da título, pieza en la que ya se invitó a a colaboración del respetable, sobre todo desde la batería de DiMarco, con una respuesta inmediata de la sala, que dicho sea de paso, registraba un llenazo absoluto.
Rápidamente demostró la valía que posee en sus dedos de octogenario con «Blues Boss Shuffle», tema que se dedica a él mismo y del cual adopta el apodo. Aquí, el equipo de Bad Music ya no pudo mantener las posaderas en el asiento y nos desplazamos hacia donde se nos permitía bailar, o intentarlo. Hay que aclarar que el tema original tiene unos vientos preciosos que suplió de forma perfecta la guitarra de Vezzano.
Seguimos con un tercer tema propio, «Baby, I’m Your Man», en el cual el groove de la banda se hace notar en la sala, mientras que la voz de Kenny camina relajada y con calma. La guitarra vuelve a sobresalir con unas notas decadentes y arrastradas que no dejan que el tema se venga abajo.
Kenny recurrió a pocas versiones, algo que es para quitarse el cráneo con su postura, pero llegó el momento de soltar dos de golpe: el clásico del góspel «Oh Happy Day» de Edwin Hawkins y el no menos conocido para la parroquia blues, «Same Old Blues» de Freddie King, en el cual la guitarra y el piano le dieron la vuelta a nuestra piel y ahí se quedó para todo el concierto restante.


Ya que salíamos de un momento álgido, por qué no introducir uno de los temas más conocidos del pianista, «Devil Woman», que sonó vacilón, a medio tiempo y con un shuffle arrastrado que obligaba a mover el cuello de un lado a otro. Dos temas más, «Look Out! There’s A Train Coming», que reivindica la conexión de Kenny con el mundo del rock & roll, y «I Need Your Lovin’» donde está clara esa unión del rock & roll y el rhythm and blues.

La banda marcha del escenario para dejar solo al líder y rápidamente pensamos que no puede ser el final del bolo; se me ha pasado en un abrir y cerrar de ojos. «What a Wonderful World» del gran Louis Armstrong corta el silencio de Aclam Club, donde nadie se atreve a moverse. Sin la voz rota de Armstrong, Kenny nos deleitó con una formidable cover que incidió mucho más en nuestra piel de gallina. No hay tiempo de asimilar; la banda regresa al escenario y comienza el circo final.

«Honey, Honey, Honey», un rhythm and blues acelerado, con una guitarra afilada y una secuencia de teclas de piano boogie que te levanta del suelo, más las indicaciones, por no decir amenazas, de DiMarco, no desde la batería, que ya se levantó para obligarnos a acercarnos y bailar, algo que hicimos agradecidos y nos posicionamos a pie de escenario, que es como se disfrutan los conciertos con feeling. Y si hablamos de cohesión, afinidad, comunicación entre público y músicos, debemos destacar «Whishing Well», interpretada en su integridad por Russell Jackson, poseedor de una fuerte y arrebatadora voz que durante toda la noche arropó y dobló a la de Kenny. Un tema con comienzo casi de carrusel circense y que se transforma en un soul profundo.
Así termina el bolo, que lleva tan solo 55 minutos de carrera, por lo que no nos conformamos y pedimos más. El road manager, desde uno de los laterales, les pide que no se bajen del escenario y que continúen. Vaya regalazo nos hicieron, dos temas empalmados entre sí, «Boogie Woogie Mama» y «How Long Blues». El primero, una inyección de adrenalina en el cerebro, con toda la banda gastando bromas tales como que Kenny se queda enganchado en una secuencia de teclas que no para de repetir, y hasta que Jackson no le da un golpe en el brazo no progresa; o que el propio Jackson, ahora enfundado en el contrabajo, es interrumpido varias veces en su canto por el resto de la banda. Circo, al fin y al cabo, que se permite y es premiado con aplausos porque el concierto está siendo mágico.

El segundo tema es la antesala del final, un blues doloroso con el piano de Kenny como protagonista, otro momento de delicadeza extrema, de placer sonoro absolutamente enriquecedor; de esos instantes mágicos que se alcanzan en muy pocos conciertos, y es ahí donde pensamos que hemos encontrado la piedra filosofal. Cuando uno creía que ya no podía ser mejor, Heggy Vezzano arranca el mejor solo de la noche, como si el muy egoísta lo tuviera reservado solo para él; hasta Jackson vino a su lado a soplarle. «How Long Blues» fue un obsequio que a día de hoy sigo recordando por su calidad y valor de intercambio de sentimientos.

¡No! Era imposible que se fueran así y poco más que les avasallamos para sacar más magia, así que nos la dieron. Una interpretación extremadamente larga de «Sittin’ In My Rockin’ Chair», durante la cual los músicos se lo pasaron casi mejor que el público, por su sonrisa de oreja a oreja. Qué gran final para qué gran show; espero que no pasen doce años para volver a disfrutar de la música de Kenny ‘Blues Boss’ Wayne y los suyos.
Agradecido con Aclam Club por apostar por estas propuestas musicales y a Salán Producciones por arriesgar y acertar.
Un final fabuloso para un fin de semana muy ajetreado y musical.
Texto y fotos: JL Bad


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